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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los Tehuelches, esa otra historia




En 1991 Rodolfo Casamiquela publicó “Del mito a la realidad: evolución iconográfica del pueblo tehuelche meridional” con escritos de los argentinos Osvaldo Mondelo y Enrique Perea, y el aporte del historiador chileno Mateo Martinic. Un libro esencial para reconstruir la historia del pueblo originario de la actual Patagonia Argentina.

(25/07/12)

Rodolfo Casamiquela publicó en 1991 el libro “Del mito a la realidad: evolución iconográfica del pueblo tehuelche meridional” de la Fundación Ameghino.
Contó con escritos de los argentinos Osvaldo Mondelo y Enrique Perea, y el aporte del historiador chileno Mateo Martinic, resulta ser un libro esencial para reconstruir la historia del pueblo tehuelche –marginado de la historia y que en los últimos tiempos atraviesa quizás una doble marginación por la instalación genérica de ‘mapuches’ para todos los pueblos indígenas patagónicos-, con una impresionante reconstrucción genealógica integrativa y 536 ilustraciones.

Reproducimos un capítulo del libro, escrito por Casamiquela, recientemente fallecido, que nos resume la etnología patagónica austral, es decir, la referida a los tehuelches meridionales y onas especialmente. Como un homenaje también al reconocido antropólogo, arqueólogo e historiador rionegrino.

Prescindiendo de la fronda de gentilicias, propios y ajenos, en diferentes lenguas, que complican notablemente el panorama etnológico del ámbito austral de la Patagonia (incluído el sur del actual Chubut), puede aceptarse que éste se integraba, grosso modo, en lo racial, con dos elementos fundamentales, pámpidos y fuéguidos, metamorfizados en diferentes grados.

Los láguidos, en cambio, litorales y provenientes del norte, podrían haber gravitado incluso hasta las cuencas de los lagos Colhue-Huapi y Musters (en tal caso, a lo largo del río Chico del Chubut).
De acuerdo con la monografía de Bórmida (1953-54), el tipo patagón propiamente dicho, es decir, correspondiente, en general, a los tehuelches meridionales (y en especial de la provincia de Santa Cruz), es prácticamente idéntico al ona y ha surgido del metamorfismo de un tipo pámpido -dominante absoluto- y otro fuéguido. (Serían en cambio, pámpidos puros –o mejor dicho, representarían al tipo antiguo de la Patagonia- los tehuelches septentrionales australes, con centro en el norte del Chubut y el sur de Río Negro; y fuéguidos puros –idem- los indígenas de canoa propiamente dichos, históricamente yámanas y alacalufes).

Pero hubo otras variantes en el metamorfismo de ambos tipos, de los cuales pueden ser muestras los guaicaros (‘huaicurúes’), ocupantes de la región de la península de Brunswick e isla Riesco, más la parte continental adyacente hasta toda la costa oeste del estrecho de Magallanes; y/o los huemules (que Fitz-Roy encontrara sobre los senos Otway y Skyring) -amén de los haus del sudeste de la isla Grande de Tierra del Fuego-, grupos en los que el porcentaje de sangre fuéguida fue mayor.

Culturalmente, todos -incluídos, grosso modo, los tehuelches meridionales- han de haber acusado, de la misma manera, y sobre la base del racial, que implica contactos prolongados, un grado variable de metamorfismo. Esto es fácil de aceptar cuando se traen a la mesa los testimonios antiguos sobre indígenas de alta estatura y muy corpulentos que tripulaban canoas, y cosas semejantes.

Nadie duda, pues, del metamorfismo cultural de los guaicaros o huemules (o haus), pero el asunto es relativamente novedoso en cuanto a los tehuelches meridionales, en general aceptados como modelo puro de cazadores superiores. Por lo demás, tanto el metamorfismo racial como el cultural han de haberse acentuado de norte a sur.
Los tehuelches meridionales (patagones propiamente dichos, para la mayoría de los autores), contactaban con los indígenas de canoa veros y con pueblos metamórficos, de grado variable, según dije, a lo largo del estrecho de Magallanes y la región mencionada antes.

En tiempos históricos, laguna Blanca (situada al norte de la actual Punta Arenas), según la tradición mantenida hasta el presente por los indígenas, era el lugar de contacto o reunión por excelencia.
En tiempos antehistóricos o, dicho más correctamente, en época (a precisar arqueológicamente) anterior a la llegada de los europeos, este contacto de los indígenas del interior con pueblos de canoa y/o metamórficos debió extenderse a todo el litoral atlántico involucrado, de lo que resultaría precisamente su propio metamorfismo.

Dos palabras acerca de la clasificación moderna de los tehuelches meridionales. Personalmente, los he dividido -de un modo didáctico- en dos grandes grupos: los tehuelches meridionales australes, que se extendían en época histórica desde el estrecho de Magallanes y área sudoriental mencionada hasta el río Santa Cruz, y los tehuelches meridionales boreales, que ocuparían ámbito comprendido entre dicho río y el río Chubut (Simétricamente, desde el río Chubut hacia el norte se extendían los tehuelches septentrionales, divididos en australes –hasta el Limay-Negro) y boreales).

La etnia tehuelche meridional austral hablaba lengua propia, y en ella se autodenomina aónik’enk o aonik’o ch’oónükü (“sureños” y “hombres = gente del sur”, respectivamente). Llaman los hablantes de esta lengua (aónik’o áis = ayün) p’énk’enk o p’énk o ch’oónükü a los de la otra (“norteños” y “gente del norte”). Y los tehuelches meridionales que en la actualidad ocupan el ámbito boreal y que hablan la misma lengua anterior, se autodenominan en ella aónik’enk, lo que suena a contradicción. Pero el grupo que “paraba en Corpen”, al decir de mis informantes, esto es, en el área de Corpe Kaiken, la confluencia de los ríos Chico de Santa Cruz y Shehuen, tenía reservada para sí una denominación especial: mech’arn o ch’oonükü “gente de la resina” (de molle), y llamaba a su patria chica mech’ar-nuwu “donde hay resina”.

Parece que este es, en relación con esta distinción, el epicentro de la nación tehuelche meridional boreal -si puede hablarse así-. En consonancia con esto, hay datos de que antiguamente (hasta comienzos del siglo XIX) los individuos de la parcialidad santacruceña de nuestro interés hablaban una lengua diferente de la actual: el téwsün, la llamada “lengua misteriosa de la Patagonia”.

Etnodinámica reciente

La ausencia de denominaciones absolutas en estos dos pueblos o etnias (la de “gente de la resina” lo es sólo en sentido restringido) es indicador suficiente para el etnólogo de la presencia de alguna anomalía. A diferencia de esto, los tehuelches septentrionales la tuvieron (günün a künna), y su significado, coherentemente, expresaría la idea de la “gente o las criaturas por antonomasia”… Pienso que la distinción que se hace con las “gentes de la resina” es testimonio de su proyección pasada, del esplendor pretérito de todo un pueblo.

Y a la luz de consideraciones de esta clase -y más con el olfato del etnólogo que con pruebas sólidas-, he postulado que la pérdida de dicha personalidad ha de haberse debido a un fortalecimiento (reflujo) de los tehuelches meridionales australes (¿en relación con la posesión del caballo, a fines del siglo XVIII?), que habría comenzado por la cesión de su propia lengua y concluido con el reemplazo del sentimiento mismo de nación… A la inversa, la ausencia de una autodenominación absoluta por parte de los tehuelches meridionales australes puede haberse debido a una influencia (flujo) anterior por parte de los boreales sobre aquéllos; no me extrañaría en absoluto, aunque convengo en que hay mucho para arar en tal terreno.

He dicho también… que es posible que en la despersonalización de los tehuelches meridionales boreales haya obrado al propio tiempo un desborde o presión cultural de los tehuelches septentrionales (australes) hacia el sur. Y esta idea surge del hecho de poder demostrar un fortalecimiento cultural de dicha etnia (günün a künna) hacia tiempos algo anteriores -dos o tres siglos- a la conquista española del Río de la Plata, la que se tradujo en un avance (reflujo) hacia la provincia de Buenos Aires (hasta el Salado) y hacia la del Neuquén (¿hasta el Agrio-Neuquén?).

Me apresuro a aclarar que cuando hablo de avance, presión o influencia, no pienso tanto en el traslado masivo de un pueblo, o movimiento étnico, sino en la migración de elementos culturales, materiales y, tras ellos, espirituales -éstos decisivos-, como la lengua y la religión. Es sólo en ese sentido, predominantemente cultural y no étnico (o racial-cultural masivo) en el que es posible hablar de hegemonía: hegemonía cultural.

Por lo demás, es el modelo que estoy proponiendo en mis últimos trabajos para la interpretación del proceso de araucanización del Neuquén y todo el ámbito pampeano y norpatagónico al sur del Limay-Negro incluído… No me extrañaría que dicha hegemonía günün a künna estuviera basada en un fortalecimiento de la institución shamámica de ese pueblo: piense el lector, por un lado, en la recepción singular que -casualmente circa el año 1000 de nuestra era- tuvo la idea inspiradora del arte rupestre del estilo de grecas (El estilo de grecas es, si nos atenemos al interés de los temas o símbolos representados, un estilo de labirintiformes -caminos perdidos-.

En otras partes (1983) he desarrollado la posible relación de dicho tema con el “camino difícil” para ganar el Más Allá) en el ámbito de dispersión de esta etnia... y la apariencia de una exportación de ella y del estilo hacia el sur (en especial por vía de la precordillera de los Andes). Por el otro, en el hecho muy curioso de que el nombre mismo del shamán tehuelche meridional -al que hay que ubicar detrás del tema del laberinto-, “kalmelauch” o “kalmelawutr”, es tomado de la lengua de los günün a künna: qüIümüláwütr; en ella significa “el que hace o con lo que se hace qülümüllü”, tema desconocido pero en el que se reconoce otro subordinado, qülü, “blanco”. Harrington (Tomás Harrington, investigador de campo por excelencia de los tehuelches septentrionales en la primera mitad del siglo XX) no vacilaba en asociar a éste con la característica del hechicero tehuelche de actuar pintado cuidadosamente de ese color.

Pasando ahora, a las relaciones externas del “complejo tehuelche”, para usar la expresión de Escalada, si bien en sentido restringido, con los indígenas de canoa y metamórficos varios (producto de contactos anteriores al momento histórico, tema de estas líneas), vale la pena señalar, por una parte, que los antepasados de los onas de la Isla Grande de Tierra del Fuego han de haber llegado a ella directamente en canoa.

Ello supone un grado importante de metamorfismo cultural, por lo que parece necesario abandonar la idea de que representen una imagen conservativa del estadio cultural anterior a la difusión del caballo en los tehuelches sensu lato, sus parientes continentales. Más bien, se trataría de pueblos o grupos revenidos a un nivel cultural equivalente a aquél. Por otra parte, lo dicho en cuanto a la raza: que aquéllos representan a un nuevo tipo racial, con sangre fuéguida, y que si extendemos la observación a los tehuelches, meridionales ahora, debemos aceptar que ella supone largo contacto, masivo -convivencia tal vez- del prototipo pámpido con el fuéguído, y por ende, inevitablemente, metamorfismo cultural.

Es a su luz que he señalado en alguna otra parte (1983) el interés especial que en tal sentido podría tener, entre otros elementos, el estilo de arte rupestre de manos estarcidas (y pintadas) de Santa Cruz y Chubut. Dicho de otro modo, no es imprescindible, cuando se estudian elementos culturales estrictamente continentales, filiarlos como propios de cazadores por dicho motivo, sin más; antes bien, se debe recordar, por el contrario, la inevitable influencia de otras culturas, de raigambre más bien recolectora y cazadora inferior.

Para terminar… unas pocas palabras con respecto a los movimientos internos de las etnias y su extensión a los territorios de otras etnias. El primer grupo está motivado, en lo esencial, por el ciclo anual de la caza, con énfasis en el guanaco y el avestruz como presas, ciclo de la caza que es, en realidad, reflejo directo del ciclo anual de movimientos de las presas, es decir, las poblaciones de guanacos y avestruces (en invierno hacia el mar y en verano hacia el interior, grosso modo). En ese gran movimiento anual los ríos funcionaban para los cazadores como aguadas -como un sistema de aguadas-, y entraban y salían de sus cauces o vaguadas continuamente, para cortar caminos.
Los ríos no fueron rutas para los grandes cazadores patagónicos; al revés, fueron precisamente las barreras (filtros) de contención de su expansión, los límites naturales de dispersión de cada etnia. O, dicho a la inversa, seguramente los grandes accidentes que explican la diferenciación étnica de la Patagonia (y, en gran medida, de la Pampa). Menciono sólo al pasar los restantes movimientos internos, como el de la búsqueda de determinadas materias primas, los encuentros con otros grupos (bandas de la misma etnia o de otras) etcétera; no señalo específicamente una actividad de recolección porque, si bien ésta era muy importante para la dieta, estaba subordinada a la de la caza.

En relación con lo dicho, hay que enfatizar el papel de las rutas transversales en la Patagonia, no de las longitudinales o axiales, como la recorrida por Musters, o la célebre de la costa atlántica. ¿Es que no existieron, entonces, antes de la conquista española, y fueron motivadas por las necesidades adquiridas del intercambio comercial y la búsqueda de caballos (en Patagones, en la boca del Chubut, después; en la provincia de Buenos Aires por último, en gran medida)? Yo no diría tanto; al contrario, creo que existieron, y desde época muy lejana -en relación con los episodios climáticos y con la presencia o ausencia de agua-, y que sirvieron precisamente para la comunicación entre etnias, pero que sí se revitalizaron después de la conquista y colonización europeas.

Por último, volveré sobre el papel de los ríos, que -como dije- no fueron rutas para los cazadores, sino barreras y, por ende, no constituyeron áreas de expansión de pueblos, como postulara Escalada (1958-59), sino a la inversa: oportunamente he opuesto a la fórmula antropodinámica propuesta por éste, basada en las cuencas hidrográficas, mi tesis de las anticuencas (piénsese en el modelo günün a künna, aludido antes).

El mito

‘”Un día, de pronto, descubrimos a un hombre de gigantesca estatura (...) Era tan alto él, que no le pasábamos de la cintura…”
Así describió el maravillado -y exagerado- cronista Antonio Pigafetta, de la expedición de Hernando de Magallanes, la circunstancia del primer encuentro ocurrido en la bahía de San Julián a comienzos de abril de 1520, en simultaneidad con el hallazgo de las regiones que conforman el extremo meridional de América, para el conocimiento científico y cultural de Occidente.

Desde entonces también, según se afirmara, debido a las huellas que en la nieve dejaban aquellos pretendidos seres descomunales, el solar estepario que habitaban pasó a ser conocido indistintamente como País o Región de los Gigantes Patagones, de los Gigantes o, simplemente, de los Patagones, forma que por evolución derivaría en la actual expresión Patagonia. (APP)

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