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viernes, 13 de enero de 2012

La saga de los Sayhueque: parte I


Se pudo reconstruir la historia del linaje Chocorí-Sayhueque , desde la época del Cacique Chocorí. El lugar de nacimiento de este cacique es incierto, aunque el historiador Rodolfo Casamiquela sostiene su origen tehuelche. Legislación y mecanismos de los despojos de la tierra. Escriben María Boschín y Leonor Slavsky.

Truquel Sayhueque, hijo de Valentín. Imagen del libro libro Historia de Chubut de Clemente Dumrauf.

(11/08/11)

Hemos podido reconstruir la historia del Linaje Chocorí-Sayhueque , desde la época del Cacique Chocorí. El lugar de nacimiento de este cacique es incierto. Algunos documentos aluden a su condición de chileno, en tanto que Casamiquela (s/f) sostiene su origen tehuelche lo que remitiría a la Patagonia argentina. Sí sabemos que nació entre la última década del siglo XVIII y la primera del XIX , y que su territorio, sus vínculos familiares y su actuación política corresponden al ámbito pampeano-patagónico.

El primer documento que se refiere a Chocorí, fehacientemente, es el listado de artículos de consumo y vicios entregados a los caciques en el Fuerte Independencia de Tandil, en los meses de septiembre a diciembre de 1830 (Villar 1998). Una fecha más temprana se obtiene de la transcripción hecha por Augusta (1910) de un relato que refiere circunstancias que lo involucran y que datarían de 1810-1820.
A partir de la década de 1830, su desempeño está ampliamente documentado, en especial porque aparece como el principal objetivo de Juan Manuel de Rosas durante la Campaña contra los indios de 1833-34.

Ya en fuentes de fines del siglo XVIII, aparecen referencias al “País de las Manzanas” ubicado en el Sur del Neuquén y habitado por indígenas con desplazamientos habituales por las inmediaciones del curso del río Negro.

Precisamente, la franja comprendida entre los ríos Colorado y Negro, y la isla de Choele-choel fue la región defendida por Chocorí ante el avance de Rosas. Su hijo Valentín Sayhueque, en carta dirigida al Gobierno de la Nación (1874) no deja dudas con respecto a la territorialidad del linaje: “(...) les referí que mi finado padre Chocorí había tenido unión con las naciones cristianas no impidiendo la formación de pueblos como Patagones, Bahía Blanca y Azul” (cit. Hux 1991).

“El seguimiento de la genealogía de este cacique (Casamiquela 1995), emparentado con el cacique tehuelche Cheuqueta, el línaje de los Llanquetruz y con el pampeano Catriel, aporta un imagen de la vasta red de parentesco que le permitió a Chocorí (...) proyectar su influencia sobre un enorme territorio que se extendía desde la Cordillera hasta la costa atlántica, en las proximidades de Carmen de Patagones y Bahía Blanca” (Vezub 2000).

Su hijo Valentín Sayhueque o Seminahuel Sayhueque como se consigna en el expediente sucesorio de su hija Rosa, nació en 1818 en Neuquén, y falleció a la edad de 85 años el 8 de septiembre de 1903, en Piedra Sotel, Chubut.
Durante su jefatura en la segunda mitad del siglo XIX se advierte con nitidez la consolidación de los fueros territoriales sobre la Patagonia Septentrional, heredados de su padre, y el prestigioso lugar que ocupa encabezando una alianza de jefaturas que se extiende desde el sur de Mendoza hasta la zona de Tecka, en Chubut.

A diferencia de su padre que llevó adelante una política ambivalente con el gobierno de la provincia de Buenos Aires, alternativamente apoyada en la hostilidad y el acuerdo, Valentín privilegió una relación pacífica, instrumentada a través de sucesivos tratados (1859, 1863, 1872).

En el acuerdo firmado el 30 de mayo de 1863 se expresa la voluntad mutua de “establecer una paz sólida y duradera con el gobierno de la República Argentina y la decisión de éste de prestarle todo apoyo y protección que sea posible, de manera que todo redunde en favor de la seguridad y el bien del país en general".

Desde el tratado firmado en 1859 el gobierno le otorga un sueldo mensual, ganado y raciones. Luego Sayhueque se compromete a prestar apoyo para la exploración del río Negro, proteger y defender Patagones bajo las órdenes del comandante de ese fuerte, estar atento a los movimientos de los indios enemigos, dar parte de ellos e integrar las expediciones punitivas contra los mismos, y en el tratado de 1872 a rechazar las pretensiones chilenas al oriente de la Cordillera.

El gobierno le asegura la práctica del comercio en cualquier punto de la Argentina y le da garantías para la circulación de su gente y los animales que conduzcan, así como a permitir el acceso de cualquier habitante del país hasta el emplazamiento de la tribu.

Esta relación de buena voluntad recíproca se mantuvo hasta principios de la década de l880. Hux (1991) cita dos documentos que así lo corroboran: “Este cacique [Sayhueque] es amigo desde muchos años y su lealtad al tratado es primera garantía para la propiedad en el Partido de Patagones” (Archivo de M. Paz 2-10-1867). El Presidente Sarmiento le escribe al Comandante de Patagones en 1869, diciéndole que consideraba a Sayhueque el mejor cacique y que podía intermediar ante otros jefes para lograr una paz duradera.

A partir de la sanción de la Constitución Nacional en 1853, la presión del incipiente estado-nación sobre el territorio indígena patagónico se manifestó a través de modalidades diversas y complementarias: los viajes de reconocimiento efectuados por blancos apoyados por baqueanos indios (Cfr. entre otros, Claraz 1988; Moreno 1876, 1979; Musters 1964), el debate parlamentario y las leyes resultantes, el establecimiento de la colonia galesa en la costa del Chubut en 1865.

Según el art. 17 inc. 15 de la Constitución de 1853 era atribución del poder legislativo proveer el trato pacífico con los indios y su conversión al catolicismo. Esto dio inicio al tratamiento de la denominada “cuestión indígena” en el ámbito parlamentario, y a la producción de un corpus legislativo que va a modificar la relación existente con los indígenas que se encontraban fuera de las fronteras internas. Los principales ejes de discusión fueron: el derecho a la tierra, la validez de los tratados, el reconocimiento de su organización política.

Un hito importante en la discusión sobre el derecho a la posesión y propiedad de la tierra está contenido en el debate de la Ley 215 de Avance de la frontera al río Negro de 1865. El articulo 2 del proyecto de ley decía: “A las tribus indias comprendidas en el territorio entre la actual línea de frontera y la fijada por el artículo 1 se les reconocerá el derecho aboriginal para la posesión del territorio que les sea necesario para su existencia fija y pacífica”.

En relación al derecho a la tierra, en las intervenciones de los legisladores se reconocen tres posturas:

* “los indígenas no tienen derecho a determinada porción del territorio porque son tribus nómades que no se asientan fácilmente en ninguna parte” (Senador Navarro);

* debe respetarse “en cierta manera parte de sus derechos actuales (...) al mismo tiempo que se les hace amigos, se les pone en condiciones humanitarias, haciéndoles ver que el Gobierno actual de la República no es un gobierno desconocedor de sus derechos” (Senador Llerena);

* “puede considerárseles a algunas tribus la posesión y aún la propiedad de un espacio de terreno, pero no debemos reconocerles ninguno de esos derechos como anteriores a la ley y fuera de ella. Si algún derecho se les reconoce ¿con qué facultad vamos a herir esos derechos que no han emanado de nosotros? Además, admitido el principio de ese reconocimiento ¿quién le asigna los límites?

¿Quién distribuye el territorio? Entonces no hay verdaderamente tal derecho de propiedad ni de posesión porque yo no concibo esos derechos ni ningún otro desde que el Congreso, el Ejecutivo, un general y un simple comandante de fortín, pueda reducirlos discrecionalmente y por consiguiente llevarlos hasta la nada” (Senador Rojas).

En resumen, las alternativas fueron: negarles cualquier derecho, reconocerles derechos preexistentes o reconocerles derechos pero sólo emanados del derecho positivo. Finalmente, el artículo 2 de la ley sancionada dice: “A las tribus indias comprendidas en el territorio entre la actual línea de frontera y la fijada por el artículo 1 de esta Ley se les concederá todo lo que sea necesario para su existencia fija y pacífica”. Se reemplaza el “reconocer derechos” por “conceder lo que sea necesario”, y se elimina toda referencia a la tierra.

Con respecto a la validez de los tratados, se discuten los siguientes aspectos:

* ¿Va a tratar el Gobierno con los indígenas como si fueran naciones extranjeras? (Senador Frías, 1865);
* ¿El trato pacífico al que obliga la Constitución se refiere a celebrar tratados o a no emplear, dentro de lo posible, la violencia? (Senador Navarro, 1868);
* El estado argentino no tiene porqué hacer tratados con subditos suyos. Se ha sostenido durante siglos y hasta la época actual que todo ese territorio de la pampa hasta la patagonia, le pertenece. No hay tratados internacionales con los indígenas porque no se los reconoce como nación (Senador Figueroa, 1885).

Levaggi (1998) afirma que durante el período colonial y el período independiente previo a la Organización Nacional, las relaciones pacíficas entre las sociedades indígenas establecidas fuera de las fronteras interiores, y la sociedad blanca estuvieron regidas por el “derecho de gentes”, no fueron relaciones de subordinación como en el derecho interno sino de coordinación entre entidades jurídicamente iguales o parecidas. Esto daba lugar a la aplicación de tratados.

Los extractos de las intervenciones de los senadores citados, no dejan dudas con respecto al cambio de posición sobre la posibilidad de celebrar tratados, desde el momento en que se fundamenta que los indígenas se deben incorporar al cuerpo de la Nación. Más aún, en opinión de Levaggi, se comienza a difundir la idea de que esos tratados nunca existieron o carecieron de valor.
Esta postura está expuesta en la intervención del Senador Rojo (1865): [Esos tratados] “son especies de convenciones que las autoridades públicas celebran con estas corporaciones más o menos salvajes o civilizadas, pero que no llegan al rango de tratados internacionales”.

En cuanto al reconocimiento de la organización política, cuando se trató el Proyecto de Ley sobre Colonias Indígenas, se expuso:

* “¿Podríamos nosotros asimilar a estos indios a nuestra población destruyendo la organización de tribu que tienen? ¿Por qué hemos de legislar en relación a la familia si ellos quieren conservar su cuerpo político?” (Calvo, DSD 26-8-1885);

* “Los indios colocados en agrupaciones, con sus caciques, con sus leyes, con su civilización, con sus costumbres, con su religión (la que no han de abandonar mientras se les tenga así reunidos), serán para siempre los mismos indios, serán una amenaza, un peligro para las poblaciones europeas establecidas en colonias” (Ocampo, DSD 26-8-1885).

Las posturas antagónicas oscilaban entre conservar la organización tribal dando a los miembros la aptitud para que gradualmente ingresaran en la civilización, y el no reconocer y hacer desaparecer a las tribus como institución, violentamente si fuese necesario.

En tanto que el discurso indigenista y la legislación iban constituyendo el marco legal que daría forma definitiva al proyecto exclusivo impulsado por la sociedad blanca, la postura de los indios manzaneros agrupados bajo la jefatura de Valentín Sayhueque revela que los caciques postulaban un proyecto inclusivo, tal como se desprende de sus propias palabras:

“Dios nos ha dado estos llanos y colinas para vivir en ellas; nos ha dado el guanaco, para que con su piel formemos nuestros toldos, y para que con la del cachorro hagamos mantas para vestirnos; nos ha dado también el avestruz y el armadillo para que nos alimentemos.

Nuestro contacto con los cristianos en los últimos años nos ha aficionado a la yerba, al azúcar, a la galleta, a la harina y a otras regalías que antes no conocíamos, pero que nos han sido ya casi necesarias. Si hacemos la guerra a los españoles, no tendremos mercado para nuestras pieles, ponchos, plumas, etc.; de modo que en nuestro propio interés está mantener con ellos buenas relaciones, aparte de que aquí hay lugar de sobre para todos” (Cacique Foyel, 8-3-1870, Chubut; en Musters [1871] 1964).

“Aunque soy joven, cada día que amanece aumenta mi sabiduría por la gracia de Vuestro Rey de los Cielos (...) participé a mis caciques que ya había recibido fieles obsequios de la autoridad principal (...) que correspondamos fiel y eternamente [a] los anteriores convenios, que apoyemos la defensa de Patagones, Bahía Blanca, Azul, Colorado (...) haciéndoles unas comparaciones y expresando que con las naciones cristianas somos paisanos, hijos del mismo territorio, hijos de un solo Rey de los Cielos y de las mismas mujeres, que respiramos el mismo aire, nos sustentamos con los mismos animales que el Rey de los Cielos crió en el mundo, que ante El somos todos iguales; que no haya mérito entre el pobre y el rico. Les dije también que comprendiesen que vuestro Rey al ponerme a la cabeza de una tribu, lo ha hecho porque sabía, cuando nací, que sería capaz de ser jefe de los valientes que mando y me dio inteligencia para que mirando por todos, hiciera mi felicidad y bienestar [de los demás].

Asímismo me permití añadirles que en las invasiones habíamos perdido buenos padres, hermanos y familias, animales, prendas de plata y últimamente propiedades; en cambio viviendo tranquilos en sosiego todos los habitantes, aumentan las naciones, haciendas, animales de crianza, se vive en una pura alegría (...). Prometiéronme éstos conservar eternamente mi acuerdo por la luz del sol y de la luna, ratificaban todas mis exposiciones evidentes (...). Sin embargo, VE se sirva tener fija confianza y cuente que su Amigo ha trabajado para el bien público. Que no sé mentir. En mí encontrará un criollo sin doblés; cajetilla en el desierto y gaucho en el campo” (cacique Valentín Sayhueque, 16-8-1874, Río Negro; en Hux 1991).

Frente al proyecto homogeneizante y asimilador, que buscaba subordinar a los indígenas al poder político del Estado, estos caciques pretendían conservar su especificidad. Se consideraban una entidad política frente a otra entidad, aspiraban a articularse con la Nación, y pensaban que podían convivir en el mismo espacio.

Ante la percepción del peligro que significaba la constitución del estado-nación, buscaban atenuar el nivel de conflicto afirmando el valor y la vigencia de los tratados, mostrándose dispuestos a colaborar en la defensa de la frontera exterior y frente a los peligros que implicaban otras alianzas de caciques beligerantes. Sayhueque incluso aceptaba que uno de los niveles de su identidad era la argentina. Así, cuando en el año 1872, recibe un emisario del Coronel chileno Serrano que le ofrece obsequios y dos banderas chilenas, las rechaza diciendo. “Devolvele estas banderas a tu Coronel. Decile que Sayhueque no las va a aceptar. Sayhueque es argentino” (Zeballos 1878).

María Boschín y Leonor Slavsky

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