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viernes, 13 de enero de 2012

Buscando la Ciudad Encantada de la Patagonia


La "Ciudad de los Césares" representa una de las leyendas más interesantes y misteriosas que posee la Patagonia argentina a través de su historia. Reyes, militares, sacerdotes y aventureros la buscaron durante más de dos siglos.

“Es ésta una ciudad encantada, no dada a ningún viajero descubrirla (…) sólo al fin del mundo, la ciudad se hará visible para convencer a los incrédulos de su existencia”

(25/10/11)

"La ciudad de los Césares está ubicada en la cordillera de los Andes, a la orilla de un gran lago. El dí­a de Viernes Santo se puede ver, desde lejos, como brillan las cúpulas de sus torres y los techos de sus casas, que son de oro y plata macizos..."

Esta leyenda surgió en el siglo XVI, durante la conquista española, y describí­a un paradisí­aco paraje patagónico donde se asentaba una ciudad fantástica, repleta de metales preciosos. Sus habitantes poseí­an grandes riquezas, y las tierras regidas por esta ciudad eran excelentes para la explotación agrí­cola y ganadera. La también llamada Ciudad errante era una ciudad de planta cuadrada, como Buenos Aires; de piedra labrada y edificios techados con tejas que refulgí­an bajo el sol. Sus templos, e incluso el pavimento eran de oro macizo.

Algunas versiones la ubicaban en un claro del bosque, otras en una pení­nsula, y algunas incluso dicen que estaba en el medio de un gran lago y contaba con un puente levadizo como único acceso. Abundaban en ella el oro y la plata, de la cual estaban forradas las paredes. Con estos metales también se hací­an asientos, cuchillos y rejas de arado. Tení­a campanas y artillerí­a, las cuales se escuchaban de lejos.

Algunos dicen que al lado de ella hay dos cerros, uno de diamante y el otro de oro. Los historiadores ven en esta leyenda un intento de la corona española por impulsar la colonización de las tierras del sur de América, que si bien eran importantes en términos estratégicos, eran muy peligrosas y no resultaban tan atractivas a los ojos de los conquistadores como los territorios del Perú.

La Ciudad de los Césares llegó a convertirse en un verdadero mito de la conquista, al igual que El Dorado o la leyenda de las Amazonas. Existen numerosas descripciones de este lugar, y no faltaban los testigos que declaraban bajo juramento las maravillas que de ella habí­an presenciado.
En una antigua crónica española se puede leer lo siguiente: "Tení­a murallas con fosos, revellines y una sola entrada protegida por un puente levadizo y artillerí­a. Sus edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada, y bien techados al modo de España. Nada igualaba la magnificencia de sus templos, cubiertos de plata maciza, y de ese mismo metal eran las ollas, cuchillos, y hasta las rejas de arado. Para formarse una idea de sus riquezas, basta saber que los habitantes se sentaban en sus casas en asientos de oro. Eran blancos, rubios, con ojos azules y barba cerrada. Hablaban un idioma ininteligible a los Españoles y a los Indios; pero las marcas de que se serví­an para herrar su ganado eran como las de España, sus rodeos considerables".

Varias denominaciones

Los nombres que recibió esta comarca son variados: "Ciudad Encantada", "En-Lil", "Lin Lin", "Trapalanda" "lo de César" o "Los Césares". "La Ciudad de los Césares" fue el que prevaleció, y se ha tratado de explicar el origen de este nombre en el viaje del capitán Francisco César venido con Sebastián Gaboto.

Este capitán, según cuenta Ruy Dí­az de Guzmán en la "Historia Argentina del Descubrimiento, población y conquista de las Provincias del Rí­o de la Plata" salió en 1526 de Sancti Spiritu, a orillas del rí­o Paraná, hizo una entrada a través de unas cordilleras y halló gente muy rica en oro y plata y en ganados y carneros de la tierra con cuya lana fabricaban ropa muy bien tejida. Cargado de presentes regresó al fuerte, que halló destruido y tras largo peregrinar llegó al Cuzco.

Otros orí­genes indican que los pobladores de la ciudad eran náufragos de la expedición de Simón de Alcázaba que habí­an sido abandonados en el Estrecho de Magallanes, o incluso se llegó a hablar de un grupo de incas que huyendo de la conquista habrí­an formado una población al sur del Continente. También se relaciona con este mito a una de las naves de la expedición del Obispo de Plascencia Gutiérrez Vargas de Carvajal (1539), que se perdió en el Estrecho dejando 150 hombres en tierra, entre los que probablemente se encontraban el comandante de la expedición fray Francisco de la Rivera y el capitán Sebastí­an Argüello.

La tradición también dice que la ciudad recibió a los infortunados pobladores de las colonias Jesús y Rey Felipe (1583) fundadas por Pedro Sarmiento de Gamboa, o incluso a los pobladores salvados de la destrucción total de la ciudad de Osorno en 1599, parte de los cuales se dirigieron a Chiloé y otros cruzaron la cordillera y, aparentemente, plantaron extensos manzanares.

Buscando la Ciudad Encantada
El hecho es que fueron varios los que intentaron encontrar esta fantástica ciudad patagónica:

· El propio Juan de Garay intentó la difí­cil empresa de encontrar la ciudad perdida, pero murió antes de concretarlo. Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) sale de Buenos Aires en 1604, y durante 4 meses busca la ciudad junto con 200 hombres y numerosas carretas, llegando hasta el rí­o Colorado. Gerónimo Luis de Cabrera la busca desde Córdoba en 1622. Ambos encaminan sus expediciones hacia las zonas de las pampas y la Patagonia.

· En 1620, proveniente de Chiloé (Chile), el Capitán Juan Fernández cruzó la cordillera y llegó hasta el lago Nahuel Huapi. El relato de este viaje se convierte en la primer crónica sobre la región.

· Retomaron el proyecto dos gobernadores de Tucumán, también sin suerte.

· En 1673 tampoco tuvo suerte el padre jesuita Nicolás Mascardi, que mezclaba en sus expediciones el celo misionero con la esperanza de encontrar esta ciudad de Lin-Lin, y llegó hasta Punta Ví­rgenes, junto al Atlántico.

· En 1707, el explorador Philip van der Meeren murió envenenado por el cacique Tedihuén mientras se encontraba abocado a la búsqueda.

· En 1716, el padre José Guillelmo corrió la misma suerte en la tolderí­a de Manquinuí­.

· En 1717 fue el turno del padre Francisco Elguea, quien fue lanceado mientras los indios atacaban e incendiaban su campamento.

· En 1781, a partir de la propuesta del Cap. Don Manuel Josef de Orejuela para emprender la conquista de los Césares, el gobierno de Chile reunió nueve volúmenes de antecedentes que se conservan en los archivos. De estos papeles Don Pedro de Angelis, hizo un extracto que publicó en su "Colección".

· El Padre Menédez realiza varios viajes entre 1783 y 1794 para encontrar la mí­tica Ciudad de los Césares. Fue el ultimo viajero que la busco.

Como ya he dicho con anterioridad, sus habitantes son descriptos como altos, rubios y barbados, y hablan una lengua extraña, aunque en algunas versiones indí­genas de la leyenda se dice que es el español. Según diversas fuentes, pueden ser considerados inmortales, o personas totalmente libres de enfermedades que sólo mueren a una edad elevada. Algunos dicen que son exactamente los mismos que fundaron la ciudad, ya que no nace ni muere nadie en la Ciudad Encantada. Algunas versiones dicen que son dos o tres ciudades (sus nombres son Hoyo, Muelle y Los Sauces). Tienen vigí­as para detectar la proximidad de intrusos e impedirles el acceso. Hay versiones que dicen que es invisible para los que no son habitantes de ella, a veces uno la puede ver justo al atardecer o el Viernes Santo. Se la puede atravesar sin siquiera darse cuenta. Algunos dicen que es errante, o sea, que para encontrarla hay que limitarse a esperarla en un sitio.

En 1764 el ingles James Burgh publicó una ficción sobre la Ciudad de los Césares, en la que la describí­a como una utopí­a.

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